Una vez, hace mucho tiempo, me quitaron un pedacito de alma. Se lo llevaron, así sin más y sin pedírmelo. Y yo me preguntaba cómo podía haber otro amanecer, otro día siguiente. Otra estación. Si yo estaba incompleta. Quién iba a enseñarme y a explicarme este mundo.
Lo supe días después, cuando de repente estaba contemplando un cuadro y me encontré con preguntas que esa persona que se fue me hubiera respondido. Siempre hay un momento para darse cuenta de la dimensión de las cosas, y a veces es insignificante.
Recorrí aquel lugar. Esa senda. Me ayudaban a levantarme cuando me caía. No fue fácil.
Un buen día, le dediqué el mejor examen que he hecho en mi vida. Le hubiera gustado. Y supe que podía hacerlo, podía caminar. Encontré una nueva forma de ilusión y motivación. Todos mis triunfos, mis alegrías, se las dedicaré. Las montañas que suba y los valles que contemple, aquellos que tanto amaba. Ahí estará él. Y la vida se abrió paso de nuevo. La serenidad, y la felicidad, incompleta. Diferente. Pero felicidad.
Las enseñanzas, las experiencias compartidas estaban ahí. Renacían porque lo que fue, nunca murió del todo. Se quedó conmigo. Y eso era lo que contaba.
No perdono a la muerte enamorada. Lloraba su ausencia, pero tenía que devolverle a esa persona lo que me pidió. Vive, vive acorde con tu personalidad. Aprende, valora y ama.
He hablado de mí. Pero se lo estoy dedicando a otra persona. Alguien a quien, a lo largo de años de amistad, algunos hemos ido añadiendo a los pilares de nuestras existencias. Mi anhelo es que la serenidad y la luz sigan con él y nos llene a todos con su alegría y extraordinaria personalidad. Y lo que está en él permanezca, y le de paz.